Santa Clara
6 abr 10
Desde 1924 que no veo a Santa Clara; solía llevar sus vacas a pastar por las nubes de San Miguel. La recuerdo siempre con su sombrero de cruz, tejiendo los pastos del atardecer, mientras que la locura caminaba por el ático admirando la bellaza de su cabello enmarañado. Era agradable verla en las mañanas con su túnica morada cortar todas las libélulas del jardín.
Hasta el día de hoy, nadie sabe donde se perdió, unos dicen que entristeció el día en que ya no encontró el verde olivo para tejer. Otros aseguran que vino un fuerte viento del sur y se la llevo sin que ella pudiera dejar cerrada su casa.
Pobre Clara, y de sus vacas que deambulan en los atardeceres sin horizonte. Y es que dicen que no hay esperanza para los que dejan la puerta abierta, no hay refugio para los que dejan de recoger en túnicas moradas libélulas del jardín, dejan de existir nubes en San Miguel, y uno deja de existir cuando el viento del sur te atrapa con sus sembradíos de chayotes. No hay norte, ni vacas que pueden soportar la plaga de la ausencia…
A Clara la dejé de ver desde 1924, la sigo esperando en el ático bajo el remolino de una medusa, esperando que el viento del sur la traiga de vuelta para seguir admirando su cabello enmarañado…
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